“Síndrome de Estocolmo”
La interrelación entre espectador y obra ha venido siendo referencial temático en mis trabajos. De hecho, realicé un proyecto llamado Retroalimentación (1997) en el que se ponían
de manifiesto las fronteras entre el lenguaje contemporáneo y sus potenciales receptores, mediante juegos visuales ejerciendo la función de barreras perceptivas que revelaban el abismo evidente
entre sociedad y arte. En una de mis últimas series, Bajo el agua, se aborda el problema de la aprehensión de la realidad en su doble funcionalidad interpretativa y
representativa, determinada por el propio lenguaje, dotada de una dimensión ciertamente poética al proponerse la imposibilidad de concreción: eterno empeño del hombre.
Cortina rasgada plantea la representación vinculada a un juego perverso-seductor de la imagen metamorfoseada en objeto erótico. Lo deseado, y definitivamente impropio, queda
separado del espectador siendo, precisamente esta barrera, obstáculo entre dos mundos: el real y el imaginado (re presentado), la que provoca una atracción adictiva difícilmente conciliadora,
incapaz de permitir puntos de conexión, salvo los pequeños intersticios que faciliten filtraciones realimentadoras. El mundo de la representación queda así, aislado tras la tupida frontera del
arabesco estético, sin poderse vincular con la realidad que representa pero, en cambio, armada de una capacidad seductora irrefrenable.