2006
El punto
de partida de El proceso comienza con Los juegos/
Bajo el agua (Centro Cultural Recoleta. Buenos Aires, agosto 2005)
aunque existen series previas, y numerosas piezas realizadas en la década
de los noventa, marcadas por preocupaciones argumentales en torno a problemas
perceptivos, la relación espectador/ artista y las estrategias estéticas
propias de la “antivisión”. En El proceso
podemos encontrar nexos directos con el proyecto La sombra arrojada
(2000/01) o las series Mapas de desplazamiento (2002/04)
y Circular (2005/06), en cuanto a las interacciones entre
individuo y movimiento, pero también en la presencia de paramentos
como elementos que determinan las trayectorias, enlazando, a su vez, con los
decadentes muros de Poder natural (2004/05).
Los juegos suponía el comienzo de una vía discursiva,
presente en Emergencia (2006), que evidencia recurrentes
temáticas como son la constatación de los borrosos perfiles
de lo que concebimos como realidad y, en general, la problemática de
la representación y el cuestionamiento de lo permanente (la única
permanencia es la de la desaparición), determinando postulados propios
de una iconoclastía reduccionista que defiende la economía de
la imagen en tiempos de hipersaturación mediática.
De esta
manera, en L_ d_s_p_r_c__n (Los juegos.2005)
la realidad, o realidad representada, se extingue (inclusive el título)
en el propio espacio de la representación. Es también un evidente
homenaje al filme "Blow up" de Michelangelo Antonioni, desdoble
del brillante relato del Cortázar más relativista ("Las
babas del diablo"). El lenguaje verbal (libro) y la naturaleza (follaje)
en un estimulante juego de reflejos especulares, espacios propicios del entre,
que derivan hacia la máxima de Jean Luc Godard: en el cine, la imagen
de la realidad no es más que la realidad de esa propia imagen.
Por su parte Precipitaciones (Los juegos.
2005) propone una alegoría del encuentro entre ambos mundos (el natural
y el artificial). La dificultad de la conversión del mundo natural
en registros artificiales, el sueño del saber como forma de dominio
(libro), la minusvalía del hecho perceptivo (antifaz), el desencuentro
y también la convergencia. Lluvia de colores que no existen, alter
ego del desarrollo del conocimiento, nutren a la naturaleza amaestrada (campos
de trigos) produciendo cortocircuitos en quien intenta delimitar con nitidez
lenguaje y realidad.
El proceso es, con estos precedentes, un escenario de tránsito donde las identidades se integran con el muro hasta desaparecer, en un espacio en el que quedan difuminados los límites fronterizos entre realidad y ficción. En este sentido los recursos reduccionistas vendrían dados por la falta de definición de los personajes que en otras propuestas se desintegran en puntos (Emergencia. 2006), se fragmentan o quedan sepultados por “muros” visuales evidenciadores del “distanciamiento” de la representación. Así pues, las bandas cinematográficas son los rectángulos suprematistas que nos ocultan parte de una realidad puesta en tela de juicio, donde nuestra imaginación debe dar espacio a la ausencia, determinando las fronteras del lenguaje. Asistimos entonces a un nuevo relato desintegrador que posibilita la hibridación de mundos aparentemente ajenos. La evidencia de referentes cinematográficos desvela el marco de actuación de estas re-presencias que sintetizan los recorridos vitales de nuestro deambular por ambos territorios. Es el instante de una fuga, huida hacia delante, sin destino específico más que el discurrir a través del tiempo, existencialismo actualizado a las urgencias y problemáticas del lenguaje visual. En este correr, tal y como lo concibió Adorno, se escapan las fuerzas desatadas de la vida, una forma de dominio del horror, a través del culto a la velocidad, que simula desligarnos de él, de nosotros mismos.